Los Espabilados

Llevo desde antes del verano pasado con un tema rondándome por la cabeza a raíz de varias conversaciones que he tenido con unos cuantos amigos/fotógrafos. Así que no me queda otra que escribirlo para intentar definir mi postura al respecto. He de comenzar diciendo que al sentirme de alguna manera parte de lo que voy a hablar, seguramente no tendré un punto de vista del todo objetivo. Pero en cualquier caso esto es un blog de reflexión y opinión, así que supongo que ya era de esperar...

Hace ya tiempo que creo, y no soy el único, que la fotografía en España está experimentando un crecimiento y un desarrollo nunca antes visto. Ese florecimiento se está dando especialmente en las nuevas generaciones de autores de las que me siento orgullosamente parte, a pesar de que, como decía al principio, pueda alterar mi punto de vista sobre todo el asunto. Una de las principales razones que solemos esgrimir a la hora de explicar el porqué de esa explosión es Internet y la posibilidad de interactuar y el acceso a información que ofrece. Pero creo que no se trata tanto de la capacidad de compartir esa información, sino de la actitud con la que aprovechamos esa posibilidad. Los colectivos, talleres, festivales, revistas, webs etc. se crean y funcionan no sólo porque Internet nos lo ha permitido, sino porque nosotros hemos sabido aprovechar esa oportunidad. Al mismo tiempo la sensación de que la organización de la industria de la fotografía está anquilosada, las mínimas oportunidades que se ofrecen a los recién llegados y el inmovilismo que eso ha generado tampoco nos dejaba mucho más espacio que éste, la red, para poder mostrarnos, comunicarnos y organizarnos.

Para acotar de alguna manera esa nueva generación, diría que va desde los que hoy son estudiantes de fotografía hasta algunos de los ya consagrados que no tienen complejos a la hora de estar atentos y absorber lo que viene. El manual dice que para poder proclamar la existencia de una nueva generación, es inevitable la ruptura con la anterior. Intentaré no expandirme demasiado en esto pero creo que es importante hacer aquí un alto en el camino para intentar entender qué es lo que ha fallado hasta ahora en los diferentes cambios generacionales que se han vivido en el mundo de la fotografía en España para que este fenómeno no sucediese antes. Para ello recomiendo la lectura de un libro y un catálogo, ambas publicaciones que me llegaron recomendadas por Paco Navamuel, a quién se lo agradezco. Por un lado está “CT o la Cultura de la Transición”, un interesante ensayo pro 15M que critica la gestión de la cultura desde la transición hasta nuestros días y cómo los nuevos movimientos sociales y el impacto de la nuevas tecnologías y métodos de comunicación están cambiando esa gestión – y además la foto de portada del libro es de Txema Salvans. El libro está directamente conectado con lo que comentaba antes sobre aprovechar lo que nos ha ofrecido Internet y además toma como base una idea muy clarificadora a la hora de entender el inmovilismo en el que ha estado metida hasta hace bien poco la cultura en este país. Resumiendo demasiado, los diferentes autores del libro esgrimen que forzados por el obligado olvido y perdón de los horrores de la guerra civil sobre los que se construyó la transición, desde entonces se creó, ensalzó y defendió contra viento y marea a aquellos actores de la cultura que menos incordiaban al nuevo equilibrio político bipartidista instaurado. Y no sólo eso, con tal de que todos estuviésemos unidos y ante el temor de que cualquier crítica pudiese alimentar que sucesos como el intento de golpe de estado del 23F volviesen a suceder, se redefinió el término “cultura” en función de los intereses que defendían – y aún defienden – esos partidos y poderes económicos para no desestabilizar el precario equilibrio. Eso permitió que ciertos autores arropados por esos poderes políticos y económicos fueran ensalzados y protegidos hasta puntos en los que cualquier otra propuesta – y ojo no que no hablo sólo de posturas ideológicas, también hablo de estéticas – no tuviera cabida. El ejemplo más claro y obsceno en cuanto a la protección política de la industria cultural se refiere lo protagonizó la SGAE, cuyo final gracias a la presión y las denuncias lanzadas desde la red, todos conocemos. Siendo como soy un euskaldun establecido durante varios años en Barcelona, he de decir que esta “Cultura de la Transición” también la han instaurado los partidos nacionalistas tanto catalanes como vascos, tirando cada uno para su tierra en cada caso, como no podía ser de otra manera.

Portada del libro con la foto de Txema Salvans

Centrándonos ya en el ámbito fotográfico – esta es la segunda publicación recomendada por Paco y sobre la que ayer publicó el primero de cuatro artículos en su blog A Sangre que recomiendo leer –, si queremos atisbar que ha pasado en la escena fotográfica de los últimos 40 años y cuál ha sido la relación entre los autores establecidos y los más jóvenes, encuentro muy clarificadora la transcripción de la mesa redonda moderada por Humberto Rivas en la que participaron fotógrafos, profesores, galeristas y comisarios como David Balsells, Victoria Combalia, Joan Fontcuberta, Pere Formiguera, Manel Úbeda, Fina Furiol, Daniel Giralt-Miracle y María Teresa Molina que se realizó a puerta cerrada – un error a mi juicio – con motivo de la exposición “Joves Fotografs” en Barcelona en 1986, y que aparece publicada en el catálogo de dicha muestra financiada por La Caixa de Pensions. El segundo error, garrafal en este caso aunque tampoco sé los motivos que les llevaron a plantear la charla de ese modo, es que de esos nueve nombres sólo una estaba en calidad de “jove fotograf”, teniendo que enfrentarse María Teresa Molina ella sola al resto de nombres que para aquella época ya estaban establecidos y reconocidos en el mundillo fotográfico catalán. Y cuando digo enfrentarse, muy a mi pesar, no lo digo de una manera metafórica, porque la transcripción no deja lugar a dudas. Resumiendo mucho, los establecidos echan en cara a los jóvenes el ser demasiado continuistas y poco espabilados, tal y como dice Joan Fontcuberta:

“...no estoy de acuerdo en que no se diera facilidades a los jóvenes. Los jóvenes no tienen que esperar que les lluevan las oportunidades del cielo, tienen que espabilarse como nosotros...”

A lo que María Teresa Molina responde:

“...quiero responder a Joan Fontcuberta y decirle que nosotros nos movimos muchísimo y tuvimos grandes dificultades, por ejemplo con Giralt-Miracle no hubo manera de contactar...”

Este pequeño rifirrafe sucede en el momento álgido de la mesa redonda, donde también se habla de otros temas como la educación, el acceso al mercado del arte o el continuismo de la nuevas generaciones y creo que resume en gran medida el grandísimo error en el que se ha caído una y otra vez en el mundo de la fotografía en España. Por un lado puedo aceptar que no ha habido relevo generacional de ningún tipo en los últimos 30 años, porque quizás ni siquiera ha habido una hornada con un trabajo lo suficientemente rupturista, potente y/o específico como para ser señalado. Pero a eso también le añadiría la sensación de que la frase que citaba anteriormente, y que con una brutal sinceridad suelta Fontcuberta, ha sido una idea muy extendida entre los fotógrafos consagrados en España. Y aunque no creo que sea esa la única razón para entender porque aquí se ha tardado tanto en ensanchar y diversificar el uso de la fotografía, si que creo que tiene su importancia. Me da la sensación de que a ninguno de ellos se les ocurrió que sumando a nuevos autores con diferentes puntos de vista a la escena del país se podía enriquecer – tanto temática como económicamente – el medio. Hasta ahora la fotografía española se ha vinculado a un reducido número de nombres que se han repetido invariablemente a lo largo de los últimos años. No seré yo quién discuta la importancia del trabajo de los García-Alix, Isabel Muñoz, Ouka Lele o Chema Madoz por poner algunos ejemplos. Pero habría que tener en cuenta que el hecho de que a ese grupo se les sumen nuevos autores con nuevas visiones y prácticas fotográficas no les va hacer ningún mal, sino todo lo contrario. Van a abrir el arco de posibilidades, por lo que en consecuencia la gente que se va a poder sentir atraída por la fotografía va a ser mayor y más diversa, con lo que todos salimos ganando. Incluso ellos. Sé que los fotógrafos consagrados no tienen la responsabilidad sobre la gestión de la fotografía en España. Las empresas privadas y especialmente las instituciones públicas que se dedican al medio son mucho más responsables. Pero de algún modo, si que creo que tienen un especie de deuda moral que debería ir más allá del “tonto el último” que han estado aplicando, algo así como una obligación de devolverle a la fotografía, el medio que les ha permitido ser quienes son, todo lo que les ha ofrecido.

Portada del catálogo "Joves Fotografs",
editado por la Caixa de Pensions, 1986

Dicho esto, todos sabemos que el mercado fotográfico en este país es minúsculo por lo que en realidad creo más nos vale dejarnos de luchas internas absurdas y empezar a remar todos, lo más unidos que podamos, para que la falta de cultura fotográfica empiece a disminuir de una vez por todas. Y cuidado que no planteo una especie de comuna hippie en la que todos seamos amigos y que no haya diferentes opiniones. El debate es útil y necesario, ese es de hecho uno de los principales propósitos de este blog y creo que el párrafo anterior lo deja bastante claro. Lo que creo que se necesita es dejarse de peleas internas como las sucedidas anteriormente entre las diferentes maneras de entender la fotografía o las diferentes generaciones que, por lo que me han contado –el oscurantismo y la no aceptación de los errores cometidos por cada cual también es otra lacra a eliminar – llevaron a desenlaces tan tristes como la desaparición del Centro Internacional de Fotografía de Barcelona, centro al que el MACBA dedicaba una exposición recientemente. Creo que deberíamos intentar expandir la cultura de la fotografía más allá de las endogámicas fronteras que la limitan hoy en día. He visto infinidad de galerías o seudogalerías tanto físicas como online donde ofrecen fotografía a precios, digamos, razonables pensando que de esa manera iban a conseguir atraer al gran público a la fotografía. ¿Pero cuantas de ellas han funcionado realmente? No falta oferta, aquí hay buenísimos fotógrafos, revistas, colectivos, libros y webs... Pero por muy barato que lo ofrezcas, si a alguien le quieres vender aquello que no valora, estarás dándote cabezazos contra una pared. Lo que hace falta es demanda, porque ni siquiera la gente que tiene intereses culturales o artísticos tiene unos conocimientos medios de fotografía. Yo he llegado a sufrir preguntas como: ¿existe una historia de la fotografía? Por eso creo que por ahora es inútil intentar mostrar, publicar o vender fotografía en España cuando no hay nadie que entienda cual es su valor tanto económico como cultural. Para solucionarlo, además de dejar la práctica de “tonto el último” que mencionaba anteriormente, creo que los que estamos en esto primero deberíamos aceptar que lo que nosotros entendemos por fotografía puede no tener un único significado. No se trata de que creemos una definición común ni nada parecido, por muy paradójico que parezca, siempre he creído que tener las cosas demasiado claras puede ser el inicio de un problema. Propongo que aunque no todos estemos de acuerdo con que hacer pantallazos en el ordenador, fotogramas, fotografía directa o colodión húmedo sea fotografía, sin dejar de debatir cuales son esas diferencias, nos centremos más en las semejanzas y sepamos transmitir porqué es esta nuestra pasión, y en algunos casos también profesión. Supongo que los fotógrafos de los que hablaba anteriormente no lo verán del mismo modo. Supongo que será así porque tuvieron que abrirse camino en un en paisaje fotográfico español aún más desértico del que vivimos ahora, por lo que ya tuvieron suficiente con lo suyo. Y una vez te acostumbras a tirar tu solo para adelante sin saber muy bien hacia donde vas, digo yo que cuesta mirar a los lados o a quién viene por detrás. Y además, como la etiqueta que les hemos adjudicado bien dice, ya están consagrados, por lo que no tienen esa motivación extra que te aporta el no tener tierra firme bajo tus pies.

Página 25 del catálogo con la transcripción de la
mesa redonda con motivo de la exposición
"Joves Fotografs", La Caixa de Pensions, 1986


Por si acaso y para que quede claro, vuelvo a repetir que busco debates pero no peleas. No es para nada mi intención ofender a nadie y no tendré reparos para rectificar o pedir disculpas si alguien se ha sentido menospreciado. Y mucho menos con aquellos que llegaron antes, porque aunque no siempre esté de acuerdo, mi egocentrismo fotográfico tiene límites y tengo muy claro que siempre habrá algo que ellos saben y a mi me quede por aprender.

Una vez reconocido lo anterior y asumido sus errores – los aciertos ya están asumidos y reconocidos desde hace tiempo –, toca analizar el presente. Me da la sensación de que esta nueva generación de la que hablaba al principio trae consigo una nueva mentalidad y ha cambiado el paso. La interacción que hay hoy en día entre la gente, y no solo a través de la red, es parte muy importante de su propia existencia. Creo que hemos sabido interactuar, debatir, rebatir y aprender como nunca antes había sucedido. Hay gente haciendo cosas muy diferentes, con ideas muy diferentes sobre qué es la fotografía y como debe utilizarse. Pero eso no provoca rupturas, sino todo lo contrario, por suerte somos la generación del compartir, la generación para la que la marca de agua en sus fotos es una aberración. La que nos hemos “espabilado” y hemos sabido hacer un cambio de rumbo y buen marketing, como también pedía a los jóvenes fotógrafos del 86 Fontcuberta:

“...en mi opinión os falta marketing. Estáis vendiendo un producto que ya existe, y una de las leyes del marketing es que hay que crear un diferencia aunque sea falsa o psicológica con respecto a lo que existe....”

Pues bien, más allá de las diferentes prácticas fotográficas que hemos desarrollado, esa diferencia respecto a lo que existe radica en nuestra actitud por y para el medio. Además de querer ganarnos la vida con la fotografía –opción total y absolutamente lícita – queremos compartirla. Supongo que ahora más de uno se estará frotando las manos pensando en que le estoy metiendo mucha caña al Premio Nacional de Fotografía, de Artes Visuales y de Ensayo, y en parte tienen razón. Pero por otra parte hay que reconocerle que si eso es así, es porque es el único que se ha “arriesgado” a decir lo que piensa sin cortapisas. Es un provocador nato, abre debates, cosa que hace que aunque a veces no comparta sus aportaciones, sea siempre una opinión a seguir y muy de agradecer. Más de uno también se preguntará qué es lo que me lleva a la chulería –sin ser de Bilbao – de afirmar que la generación de fotógrafos de hoy en día sobresale por encima de las de los últimos 30 años. Por empezar por algún sitio, diría que porque hace tiempo que algunos fotógrafos percibieron esta realidad y se enfrentaron al “tonto el último” con la de “la unión hace la fuerza”, creando  colectivos de fotografía. Ellos no solo han sabido hacerse un hueco, sino que directamente han sido capaces de construir un espacio donde no antes no lo había. Y han creado y/o importado modelos de trabajo, de educación e incluso estéticos claramente identificables. Ese camino abierto se ha multiplicado y diversificado en otros muchos colectivos que funcionan en diferentes puntos de la península y que a base de ensanchar el camino han permitido que ya no sea condición sine qua non formar parte de un grupo para existir. También resaltaría el grandísimo momento que vive el mundo de autoedición y la edición independiente, donde libros de autores españoles son alabados fuera de nuestras fronteras – y hay otros con igual o mejor pinta por llegar. Donde editoriales independientes se atreven con el “libro electrónico” y empiezan a tener resultados o webs independientes y sin ánimo de lucro aparecen como una de las mejores webs sobre libros de fotografía según revistas extranjeras. Y si esto no les parece suficiente y lo que necesitan son premios y reconocimientos directos, podemos estar muy orgullosos porque ya no es raro contar con jóvenes fotógrafos españoles premiados o seleccionados en convocatorias como el ya clásico Word Press Photo, el premio de retrato de la National Portrait Gallery de Londres, en festivales de gran repercusión internacional...  Y a pesar de que me dejo muchas más cosas – como por ejemplo todos los blogs, webs y revistas tanto digitales como impresas que existen y que promueven la fotografía emergente, o aquello que se suele aceptar como signo de buena salud de cualquier ideología como es el humor autocrítico y satírico – en realidad ninguno de esos hechos irrefutables son los que me permiten sacar pecho tan descaradamente. Lo que me hace estar tan seguro es tener esa sensación de motivación compartida y generalizada que se respira entre esta nueva generación en cada conversación, cosa que ahora mismo no soy capaz de describir ni detallar con palabras que le hagan justicia.

Lo curioso es que a pesar de la existencia de todo esto ninguna institución, empresa cultural o medio de comunicación importante se ha hecho eco hasta ahora. Pero...¿y que pasaría si eso cambiara? Imaginemos por un momento que un gran museo, festival o parecido se plantease la idea de que lo que está pasando es lo suficientemente importante como para ser señalado. Debería ser una oportunidad de oro para ampliar el interés por la fotografía y para conseguir –como decía más arriba – acercar a gente que no necesariamente trabaja con el medio, ampliando así su radio de acción. En principio el reconocimiento siempre es de agradecer y suena muy prometedor pero...no se si seré yo que suelo ser escéptico y dudo ante todo...¿pero no os entra un poco de miedo? Lo pregunto porque al pensarlo me da la sensación de que seguramente se intentaría establecer un especie de canon o definición que acotase, identificase y definiese qué, quién, cómo y por qué se está desarrollando la fotografía. Y ese sería una gran error, ya que a mi juicio lo más importante es que hay gente continuando con la street-photography, sacando revistas a la calle y a las pantallas, investigando con la postfotografía, programando webs, haciendo nueva fotografía documental, publicando libros y reuniéndose para verlos, manteniendo vivas las técnicas antiguas, impartiendo clases, recibiendo esas clases, reinventando el collage, sacando fotos en grupo y en solitario, teorizando, creando colectivos, montando exposiciones, participando en festivales nacionales e internacionales, convocando concursos, criticando trabajos propios y ajenos, organizando proyecciones y un interminable etcétera. Me temo que si desde alguna institución se propusiese ese reconocimiento a esta nueva generación, se quedaría en eso, en lo que yo acabo de hacer, en un mero señalar pasajero, cuando lo que aquí necesitamos es un cambio de actitud. Es indispensable que se mire y se tenga en cuenta a los últimos en llegar, que aquel que se “espabile”, trabaje y demuestre unas dotes, tenga su recompensa más allá de la edad o de los años que lleve en el medio. No se necesita una gran exposición sobre la nueva fotografía en España, lo que se necesita es un cambio en la mentalidad de todos los que trabajan alrededor de la fotografía, y en especial en las instituciones públicas, en como acogemos, aceptamos y exportamos a la nueva fotografía. He oído a demasiados fotógrafos quejarse de lo que les costó llegar, pero he visto a muy pocos intentar hacer algo para que ese proceso no se perpetuase. Estoy seguro que cada época tiene sus carencias y sus ventajas,  solo propongo hacer algo para que los que vengan después de nosotros al menos no pasen por las mismas dificultades que nosotros tenemos hoy.

Y de hecho, escribir todo este speech – si todavía estáis leyendo esto os lo agradezco y prometo intentar ser mucho más conciso en el futuro – me ha ayudado a darme cuenta de que seguramente nadie de esas altas esferas va a abanderar ese cambio de mentalidad y, aunque quizás sea de una manera bastante ingenua, solo podemos hacerlo nosotros...e  incluso iría más allá y diría que de hecho, ya lo estamos haciendo. Escribir todo este texto me ha llevado a la conclusión de que no tenemos que intentar cambiar la manera de pensar o actuar de nadie, solo tenemos que seguir creyendo y haciendo las cosas a nuestra manera con el mismo ímpetu, porque estoy seguro que de todo este trabajo nos está llevando a un escenario mejor, al que otros acabarán por unirse. Y ahora que lo pienso, existen algunos ejemplos de dichos cambios, como el de que Xavier Rivas, que engrosaría la lista de fotógrafos consagrados, opte por una editorial pequeña e independiente como BSide Books para publicar. O a la inversa, que una gran editorial como RM, coedite libros de corte más arriesgado de lo que acostumbra, como pueden ser los de Vicente Paredes o Julián Barón. Por lo que sé, también tenemos que agradecerle a gestores culturales de nuestra generación la vuelta de unas ayudas tan importantes y necesarias como Fotopress. O por otro lado el esfuerzo que están haciendo algunas escuelas por cambiar sus modelos educativos y como otras nuevas ofrecen oportunidades hace poco inimaginables, como la de publicar un libro tanto a profesores como a alumnos, en el caso de la escuela Lens de Madrid.

Esta nueva generación vive y exprime la fotografía todo lo que puede. Gracias a Internet lo hace en común con debates abiertos, seguro que con algunos enfados, pero sin grandes peleas ni jerarquías internas, entendiendo que justamente esa variedad es la que da forma al nuevo movimiento. Y definitivamente se trata de un movimiento expansivo al que no le caben los corsés. Busca traspasar cualquier límite o frontera, aprovecha como nunca de las oportunidades que le ofrece la tecnología, tanto la nueva como la antigua. Vive y disfruta la fotografía de ayer y de hoy, y se arriesga a buscar la de mañana.

Sinceramente, si nos quejamos de lo difícil que es vivir de la fotografía, de lo mal que se trata al fotoperiodista, del pésimo gusto de agencias y clientes en el mundo de la moda y la publicidad, del poco margen que tiene frente a otras disciplinas en el mercado del arte etc. Si por un lado el gran problema viene del poco valor tanto cultural como económico que tiene la fotografía en la sociedad y de la precariedad que eso supone para los que la practicamos, pero si por otro a pesar de ello seguimos erre que erre viviendo y compartiendo aquello en lo que creemos...¿soy el único que piensa que llegará un momento en el que ese sin sentido llamará la atención fuera de nuestras endogámicas fronteras y a alguien ajeno a la fotografía le llamará la atención y querrá entender el porqué de ese impulso? Por muy naíf que suene...¿a alguien se le ocurre una mejor manera para conseguir ampliar el número de público a la que le puede interesar la fotografía que la de demostrar nuestra pasión inquebrantable por ella?

Foto: Alberto Feijóo

¡Empezamos!

Aunque algunos no hayan tenido vacaciones y otros quizás estén aún hoy disfrutándolas, septiembre es el mes oficial de la vuelta al cole. Por eso, después de un largo y bien disfrutado parón veraniego en este blog, creo que no es mala idea retomarlo enumerando algunas de las publicaciones y exposiciones que podremos ver este año.

Cartel de la presentación de Noray de Juan Valbuena


Si empezamos con el mundo editorial, habría que señalar el libro “Casa de Campo” que Antonio Xoubanova va a publicar con Mack. Además este verano tuvo la generosidad de explicar su proceso de trabajo y compartir la maqueta con los participantes del Photobook Club Madrid, en una sesión en la que me dio mucha envidia no poder participar. Por otro lado también tengo muchas ganas de ver “Noray” de Juan Valbuena  (no olvidemos que Juan ha sido seleccionado tanto en el premio del libro de PhotoEspaña 09, como en el Fotobook Festival de Kassel 09) que además estrena editorial, PHREE, con la que, por lo que me han comentado, ya tienen en mente una línea editorial bastante clara e interesante. Por el mismo camino van tres autores con experiencia previa en el mundo de la autoedición que han decidido aunar fuerzas para crear Ca L’lisidret Edicions: Roger Guaus, Aleix Plademunt y Juan Diego Valera. Hace poco colgaron en su página de Facebook las fotos del proceso de impresión de “Lo Inalcanzable” de Guaus y no creo que pase mucho tiempo antes de que veamos más publicaciones de Plademunt o de Valera, o de incluso los tres a la vez colaborando en un proyecto conjunto. Siguiendo con este auge de nuevas editoriales independientes, Ediciones Anómalas, sello nacido hace menos de un año, va a sacar pronto su segundo libro, “Atlas” de Israel Ariño, otro fotógrafo con gran experiencia en el mundo editorial. Otra de las novedades de este año es el nuevo proyecto editorial de la escuela Lens de Madrid que se presentará en el 25 de septiembre en La Casa Encendida, en la que publicarán un libro de un profesor y otro de un alumno cada año. Los libros estarán producidos por la escuela bajo la coordinación y dirección editorial de Carlos Albalá y contando con el diseño de Pilar Rojo. “The Family Project” de Matías Costa es el primer libro que tienen en camino. Tampoco puedo olvidar que Ignasi Lopez presentará en breve “Agroperiferics”, para lo que ha convocado una presentación transhumante con vermut incluido, paseando por los huertos periurbanos en los Ignasi que realizó muchas de las fotos que forman parte del libro que publica en BSide Books (la editorial de la que es cofundador junto a Carlos Albalá). Siete de un Golpe también tiene unos cuantos proyectos en proceso, por un lado está el "Cuaderno de Campo" de Matías Costa en el que llevan ya un tiempo trabajando, al que se le suman "Este Seu Olhar" de Maíra Soares y el que creo será el primer libro de Alejandro Marote. (Me voy a permitir un pequeño inciso para resaltar que Chema Madoz también va a publicar un libro de artista con Siete de un Golpe y que, recordemos, Xavier Ribas publicó este verano "Nomads" con BSide Books. ¿Alguien se imaginaba hace un par de años que estos dos pesos pesados de la fotografía en España iban a elegir publicar sus proyectos con editoriales tan pequeñas e independientes? Creo que eso es señal inequívoca de que algo están haciendo bien) Volviendo al tema que nos ocupa, los libros que se otean en el horizonte más cercano, otro de los que promete y está en camino es el que sacará Vicente Paredes con Fiesta Ediciones, de la que también espero que sigan apareciendo nuevos fanzines Fiesta Fiesta, dando oportunidades a autores quizás no tan conocidos. También hay ganas de que Have a Nice Book estrene su nueva web, que contará con un sistema de catalogación mejorado y nuevos contenidos. Y habrá que estar atentos a la exposición de libros autoeditados que se realizará durante el SCAN en Tarragona, para lo que tuvieron abierta una convocatoria durante todo este verano. 
Cartel de la presentación de Agroperiferics de Ignasi Lopéz


Pasando a las internacionales y empezando por Mack, además del de Xoubanova que comentaba más arriba, me muerdo las uñas por el de Jem Southam, el de Daniel Blaufuks y el de Sam Falls. Aunque esos son autores que conozco y seguramente Michael Mack tendrá algún as bajo la manga, por lo que seguro que alguno de los demás autores que publican con él y no son tan conocidos acabarán siendo los que más me gusten. Hablando ya del peso pesado, Steidl, tengo curiosidad por ver la coedición que sacarán con la española La Fabrica de las fotos que hizo Robert Frank en Valencia entre 1948 y 1959. Pero es que si nos fijamos en el apartado de coming soon de su web, veremos que tienen la increíble cifra de 87 libros por llegar...por ir al grano, estoy seguro de que el que más expectación levanta es el Broken Manual de Alec Soth, publicación que ha sufrido retrasos, ha provocado rumores, la gente se ha enfadado, se han publicado hilarantes posts sobre una hipotética presentación...vamos, lo propio de una súper estrella de Hollywood (o su equivalente fotográfico en este caso). Tampoco quiero olvidarme de cosas que han pasado estos últimos meses y que han tenido más o menos relevancia, como el éxito fulgurante de los Afronautas de Cristina de Middel (atentos a las listas de mejor libro del año en diciembre), del primer libro de Iñaki Domingo titulado "Mi Madre", las más de 5.000 descargas en un solo día del libro electrónico Tusk de Ana Cabaleiro publicado por Ubicuo Estudio, el Thinspiration de Laia Abril o "A Casa do Oscar" de Luis Díaz Díaz que salió a principio del verano entre otros.


Pasando ya al capítulo de las exposiciones, tengo muchas ganas de ver la exposición de Robert Adams en el Reina Sofía, con más de 250 fotografías que recorrerán toda su trayectoria desde los sesenta hasta hace poco menos de diez años. También promete “Seducidos por el Arte, pasado y presente de la fotografía”, que se podrá ver en el Caixaforum tanto de Barcelona como de Madrid, y que la Obra Social de La Caixa ha coproducido junto a la National Gallery de Londres. En está exposición podremos ver a unos cuantos fotógrafos, entre los que tengo especial curiosidad por ver (por fin) las copias de Richard Learoyd en vivo, y como estas funcionan junto a pinturas de grandes maestros como Degas, Constable o Ingres. El próximo 18 de septiembre arranca en la sala Azca la exposición que recorrerá la trayectoria de la fotógrafa Imogen Cunnigham con alrededor de doscientas imágenes, teniendo en cuenta el gran trabajo que suelen hacer desde la fundación Mapfre, estoy seguro de que merecerá la pena. En la galería La Fábrica, además de la recién inaugurada exposición de Sally Man, más adelante vendrá una del gran fotógrafo japonés Nobuyoshi Araki, otra cita obligada. Y pasando ya a las exposiciones en el extranjero, además de la anual y ya presentada “New Photography 2012” del MOMA, destaca la que compartirán otro archiconocido autor japonés, Daido Moriyama y William Klein en la Tate de Londres. Una de esas exposiciones que sirven como excusa para que los que se lo puedan permitir se vayan de fin de semana a la capital inglesa. Y para acabar, también quiero nombrar al menos a dos jóvenes (y amigos) fotógrafos que expondrán en breve en Barcelona, el donostiarra Yosigo y Fernando Durán (reciente Premio de artes plásticas de la Diputación de Ourense), en Meeatings23 en el caso del gallego.


Cartel de la próxima exposición de Klein y Moriyama en la Tate


Si creéis que me he dejado algún libro, exposición o evento interesante que debería estar en este post (seguro que habrá unos cuantos), os invito a que lo compartáis a través de los comentarios. Pero os pido por favor que, aunque sea brevemente, expliquéis por qué creéis que tal libro, o cual exposición merece la pena. Me atrevo a pedirlo porque creo que así resultará mucho más útil e interesante para todos que una simple ristra de enlaces sin ton ni son. Solo me falta decir que se presenta un año cargadito y muy interesante para disfrutar de la fotografía en cualquiera de sus formatos y vertientes, cosa que, sinceramente, hace que esté muy contento y motivado para empezar a ver y hacer cosas ya. 

NUEVOS USOS Y RIESGOS DE LA FOTOGRAFIA

Este texto lo escribo como reacción al manifiesto que hace poco menos de un mes publicó en su web mi antigua compañera de estudios, amiga y fotógrafa a la que admiro, Iraida Lombardía, en el que se declaraba en huelga durante 1000 días (!). En este punto, creo imprescindible que os leáis el texto que aparece en la portada de su web.


Expresiones como “ecología de la imagen” o “bulimia icónica” ya las hemos leído y oído a otros teóricos y artistas (he tachado "bulimia icónica" porque la propia Iraida me apuntó que ese término no se lo debe a nadie, es de su propia cosecha), son ideas que llevan ya un tiempo sobre la mesa pero que, desde mi punto de vista, hasta hace poco nadie había intentado enfrentar de esta manera. Todos estamos de acuerdo cuando decimos que se hacen muchas fotos, que consumimos demasiadas fotos, que hay una sobresaturación fotográfica en la sociedad...pero sorprendentemente pocos se han planteado como pararla. Fontcuberta, que sería uno de los grandes faros a seguir en este tipo de cuestiones, se ha enfrentado a la excesiva exposición a imágenes que sufrimos proponiendo el reciclaje. En proyectos como los “Googlegramas” o “A través del espejo” desarrolla un discurso en el que la apropiación de imágenes y su reutilización han de ser consideradas como un gesto hacía la necesidad de reducir la creación de imágenes, con la idea de que así consumiremos también menos. Paradójicamente, ambos trabajos constan de cientos, sino miles, de fotos que como espectadores tenemos que digerir. Me pregunto, y no soy el único como demuestra este interesante artículo de Edgar Gómez Cruz y Elisenda Ardévol Piera, si esa no es una idea ya superada por el cambio que ha vivido el concepto de la autoría y de la creación fotográfica. En los últimos años hemos visto una gran revolución que ha afectado a todas y cada una de las partes que conforman esa práctica fotográfica. Empezando desde la realización y sus nuevas maneras de conceptualizar; como pueden ser la fotografía escenificada, el uso del archivo o la apropiación. Pasando por la realización; en cuanto a la aparición de la tecnología digital y sus nuevos tiempos, estéticas y calidades. Y acabando en la difusión y sus ilimitados territorios;  que es justamente el paso en el que me da la sensación que falla la teoría del “reciclaje fotográfico”. Si leemos los puntos tercero y cuarto del famoso manifiesto postfotográfico dice:

(...)
3º En la responsabilidad del artista: se impone una ecología de lo visual que penalizará la saturación y alentará el reciclaje.
4º En la función de las imágenes: prevalece la circulación y gestión de la imagen sobre el contenido de la imagen.
(...)

Cuanto más leo estos dos puntos, más me da la sensación que se contradicen sin solución. ¿Cómo puede ser que se imponga la ecología de lo visual penalizando la saturación y alentando el reciclaje, cuando acto seguido estamos diciendo que prevalecerá la circulación y la gestión de la imagen sobre el contenido de la misma? ¿La ecología no pasa obligatoriamente por buscar el mejor aprovechamiento de los recursos posible? ¿En nuestro caso, no creéis que si quisiésemos aplicar esa idea, además de reciclar imágenes, también deberíamos refinar su tráfico, reducir su visibilidad, intentar concentrar en una sola imagen todos los significados? ¿Y si aplicásemos el viejo refrán de “ojos que no ven, corazón que no siente” y a pesar de que se siguiesen haciendo los trillones de imágenes que se hacen a diario, solo pudiésemos ver unas pocas decenas al día? ¿No ayudaría eso a rebajar la saturación de imágenes en la que vivimos? 


Instances of Books Being Read (from home-decor and home-
improvement webistes and catalogs), 
2007 Penelope Umbrico


Todas esas preguntas me provocan la sensación de que autores como Penelope Umbrico o Joaquim Schmid han mal interpretado de alguna manera esa última parte del proceso fotográfico contemporáneo, donde entra en juego la itinerancia de las imágenes; ya que como solución al exceso proponen apropiarse de imágenes ajenas y volver a lanzarlas reinventadas, como si ello no fuese un acto de creación que, en definitiva, sumará una imagen más a ver, analizar y digerir; una imagen más a añadir al desbocado e ininterrumpido flujo de fotografías que nos rodea. A mi me han enseñado (o quizás he interiorizado) que el único proceso de apropiación válido es aquel que es en sí mismo un acto de creación, por lo tanto, a pesar de que se reutiliza una imagen, también se crea otra, por lo que no se ayuda a reducir la contaminación fotográfica, sino todo lo contrario, ya que de una sola imagen se crean y difunden dos significados y usos diferentes. Sospecho que el error, por parte de los que practican la reutilización, radica en la idea de que son los procesos de conceptualización y creación los que otorgan la autoría que el espectador identifica sumando una muesca más en el contador de imágenes consumidas. Y por eso me pregunto si ese proceso de identificación de imágenes ha pasado a mejor vida, y si no es la imagen en sí misma con los significados que transmite cuando llega hasta nuestro ojos la que nos llevan identificarla y asumirla. Es decir, nos saturan las imágenes que han sido pensadas, hechas y difundidas hasta llegar a nosotros y en las que identificamos la autoría en esos tres pasos. No nos afecta el hecho de que esa imagen haya sido utilizadas antes o no, ya hemos aceptado la apropiación, ya no es sinónimo de mesura, sino que casi de todo lo contrario. Si realmente queremos detener y ajustar esa sobreexplotación de la práctica fotográfica, no basta con perfeccionar las dos primeras fases, la de conceptualización y la de realización, también tenemos que hacerlo con la tercera, la de la difusión.

Puede parecer que esté proponiendo una idea de la práctica fotográfica aún mas extremista que la de los practicantes de la postfotografía, donde ya no solo no hay que hacer fotos, sino que tampoco hay que difundirlas. Nada más lejos de mi intención, con este texto solo quiero plantear una reflexión en torno a dicha problematica. A pesar de que estudio las propuestas y teorías de esta tendencia y las tengo como un claro referente para mi propio trabajo, quiero dejar claro que no puedo estar más en desacuerdo cuando dicen cosas como que “todo está ya fotografiado”. Tengo clarísimo que las mejores fotos, ya sean estás apropiadas, directas, analógicas o digitales, están por venir (sino no me dedicaría a esto). Las que están hechas ya las tenemos asumidas, y a no ser que el mundo se congele repentinamente y ya nada se mueva ni avance y vivamos suspendidos en el tiempo, creo que seguirá evolucionando de manera imprevisible, ofreciéndonos ideas, personas, lugares, estéticas etc. que ahora mismo ni siquiera somos capaces de imaginar, ni mucho menos fotografiar.

En cualquier caso, creo que todo ese exceso en la circulación de imágenes proviene de la excitación provocada por las posibilidades que ofrece la nueva tecnología digital. Estamos en la fase en la que, para ciertos autores, esa nueva tecnología es el fin en sí mismo, en vez de una herramienta más, cosa que sin duda acabará siendo. Por otro lado, existen otros autores que frente a la saturación, optan por la concentración y la destilación, o incluso por la omisión. Proyectos como “Photo Oportunities” de Corinne Vionett, el mencionado manifiesto de Iraida Lombardia, el libro “Photographs no taken” de Will Steacy editado por Daylight o el ejemplo que viene a continuación ya apuntan en esa dirección. Mientras escribía este texto, Elisabeth Tonnard, artista conocida por sus libros de fotografía y parte activa del interesantísimo colectivo Artist Books Cooperative, lanzó una invitación abierta a una “Invisible Party”, en la que se presentaba y vendía la segunda edición de “Invisible Book” por el módico precio de 0 euros. Para ello solo había que mandarle un email, cosa que hice en modo invisible ya que el texto del email que le envié decía simplemente “            “. Ella amablemente me reenvío el libro invisible y la factura que acreditaba su compra por email. Que creo que de manera mucho más irónica y divertida (cosa de la que me alegro mucho porque sino esto puede llegar a un punto teórico demasiado pedante, si es que no ha llegado ya...) ahonda también en la idea de no difundir más imágenes. 

Esta es la factura que me envió Elisabeth Tonnard
junto al libro Invisible Book

¿Y porqué deberíamos reducir el consumo de imágenes? Este último año he llegado a la conclusión de que entre mis alumnos, a los que tampoco saco mucha diferencia de edad, 10-15 años máximo, y yo existe una grandísima diferencia en cuanto a como realizan, analizan y presentan su trabajo. Tengo la sensación de que a las nuevas generaciones el proceso de trabajo fotográfico, la fase evolutiva, la formula de prueba y error, la sienten extraña. Parece que han interiorizado y asumido un rápido y concatenado gesto que incluye: 

1 Sacar la foto
2 Mirarla
3 Guardarla si te gusta o borrarla en caso contrario
4 Sacar otra foto y volver a empezar cuanto antes

No se preguntan porqué esa imagen no funciona, no analizan el error y por lo tanto no sacan conclusiones del mismo; simplemente lo borran hasta que tras miles y miles de errores después consiguen de manera más o menos casual aquello que buscaban, y quizás, con suerte, adivinan como y porque lo han logrado. Creo que en ese sentido el entorno fotográfico tampoco ayuda, ya que a veces da la sensación que todo estudiante de fotografía tiene que ganar un premio o ser seleccionado para una exposición incluso antes de que acabe sus estudios. Hay que presentarse a todos los concursos, hay que aplicar a todas las becas, hay que hacer todos los talleres, hay que publicar libros...incluso parece que este carrera de locos ya se ha cobrado alguna víctima. Así es como he notado que la mayoría de mis alumnos han llegado, queriendo mostrar solo fotos buenas en clase, sin entender que si ya sacan las fotos que quieren sacar, en realidad no necesitarían venir a la escuela. He intentado (yo tengo la sensación de haberlo conseguido con algunos, aunque solo ellos sabrán si es así) cambiar ese miedo al error, rebajar ese ansia por llegar sin recorrer el camino explicándoles algo tan manido y tan simple como que se aprende más de los fracasos que de los éxitos. Es justamente a la hora de intentar entender el porqué de ese gesto instintivo de borrar la foto mala sin pararse a analizarla, cuando he encontrado la respuesta a la pregunta que planteaba al principio del párrafo: ¿por qué deberíamos reducir el consumo de imágenes? Viendo lo visto, respondería que porque hoy hacemos y vemos tantas fotos que ya casi no tenemos tiempo para analizarlas y asumirlas, porque preferimos disparar y disparar y disparar antes que pararnos a diseccionar, saborear, interiorizar y reflexionar. Porque creo que, y especialmente en el caso de las generaciones más jóvenes que se quieren dedicar a esto, corremos el riesgo de banalizar la imagen, convirtiéndola en una superficie por la que simplemente nos deslizamos, desaprovechando la oportunidad de adentrarnos en sus profundidades.


PD: Por si no habéis tenido suficiente con esto, deciros que hace poco escribí otra entrada sobre libros de fotografía (creo que mucho menos densa y más entretenida que esta) en el blog de los compañeros de BSide Books que os invito a leer aquí.

FORMALISMO DIGITAL

Llevo ya unos meses siguiendo a un grupo de fotógrafos que desarrollan un tipo de fotografía que empezó simplemente gustándome como espectador y ha acabado por influenciarme en mi trabajo. Escribo este texto con la intención de poder asimilar mejor esas influencias y poder así descartar lo que no me interesa y determinar, estudiar y desarrollar lo que me seduce.

Establecer los límites de un movimiento artístico suele ser complicado y siempre quedarán dudas y desacuerdos sobre las características que lo definen, las fechas que lo delimitan, los lugares a los que se les vincula etc. Pero a pesar de que los críticos e historiadores no se acaben de poner del todo de acuerdo, el público, generalmente, si que solemos ser capaces de entender y sentir aquello que los une sin que nadie nos lo tenga que explicar. En el caso que nos ocupa, la certeza (siempre pretenciosa) de haber descubierto y establecido los cánones de un nuevo movimiento fotográfico no es mía; el crítico de arte y también fotógrafo cercano a ese grupo del que voy a hablar, Chris Wiley, propuso esa posibilidad en un interesante artículo publicado en la revista Frieze a finales del 2011. Y por si no fuera poco, hace unos días, el interesantísimo blog DLK Collection de Loring Knoblauch, también apuntaba en ese sentido en una reseña que criticaba la que puede ser la primera exposición colectiva de este movimiento.

Fotografía de DLK Collection


En el artículo publicado en Frieze, Wiley se queja de que ya ha pasado el suficiente tiempo desde que se establecieron los últimos movimientos reconocidos en la fotografía contemporánea, como pueden ser la escuela de Düsseldorf con el matrimonio Becher como mentores y Struth, Höffer, Ruff o Gursky como alumnos aventajados, la denominada escuela de Vancouver de Jeff Wall y Rodney Graham, la escuela de Boston que encabezaría Nan Goldin y que en sus inicios sorprendentemente también incluiría a Phillip Lorca di Corcia, a quién con el tiempo se le ha identificando mucho más con el estilo de fotografía escenificada vinculada a la Universidad de Yale, donde ejerce (o ejercía) como profesor junto al archiconocido Gregory Crewdson.

Personalmente estoy de acuerdo con que ya es hora de que aparezca un nuevo movimiento claro y definido en el mundo de la fotografía que proponga algún tipo de idea o práctica nunca antes desarrollada. Supongo que algunos dirán que la postfotografía es esa nueva vía, pero creo que dentro de esa etiqueta se agrupan a demasiados y muy diferentes fotógrafos utilizando como paraguas el uso de nuevas técnicas. Por eso creo hay que ponerla en cuarentena, ya que siempre que parece una nueva herramienta, junto a aquellos que saben aprovecharla y desarrollarla dándole un verdadero uso tanto técnico como conceptual, aparecen trabajos que simplemente realizan esperpénticas y llamativas piruetas que solo el paso del tiempo llega a colocar en su lugar.  Por eso, mi manera de mojarme en este asunto, es la de escoger a algunos de los autores que bien se podrían denominar postfotográficos y reubicarlos en una nueva circunscripción, que a falta de alguna idea mejor y con la única intención de hacerme entender (la etiquetas son siempre tan horribles como útiles), he empezado a denominar formalismo digital.

Volviendo al artículo de Wiley, es evidente e irrefutable lo mucho que se conocen e interactúan en exposiciones y publicaciones los fotógrafos de este movimiento que coinciden en EEUU, especialmente en Nueva York. Y aunque hay autores en otros puntos del planeta, incluyendo España, es sorprendente que no haya una mayor deslocalización geográfica, teniendo en cuenta la rapidez y facilidad con la que podemos compartir información de manera global. Centrándonos en las prácticas de este movimiento en sí, Wiley apunta tres características principales: la importancia del proceso fotográfico, la manipulación digital y del soporte físico de la fotografía (ya sea papel o cualquier otro material). Después subdivide a los fotógrafos en dos grupos, por un lado estarían aquellos que se acercan a la pintura y que como característica técnica principal compartirían el hacer fotografía sin cámara (un dato que inevitablemente nos ha de recordar al fotograma, esa técnica fotográfica que tristemente a los más jóvenes nacidos ya en la era digital les cuesta entender). Y por otro lado, aquellos más cercanos a la escultura que, según dice Wiley, han dejado de utilizar la fotografía como una ventana por la que ver el mundo, para empezar a utilizarla como una caja donde este está dispuesto. Y es por eso que le dan mucha importancia a los límites del encuadre fotográfico y el uso y la inclusión de objetos en sus trabajos.  Aunque queda claro que tomo como punto de partida ese artículo, también quiero ordenar y compartir ciertas ideas que me han surgido al respecto que no concuerdan con lo dicho por Wiley.

La historia de la fotografía suele describir al medio fotográfico como una herramienta que representa la realidad de manera directa, como una suerte de ventana por la que el espectador ve porciones de realidad inalterada. Pero la llegada de la fotografía escenificada puso encima de la mesa la idea de que una fotografía construida puede tener el mismo o incluso más impacto en el espectador que una directa. Hay un gran número de fotografías documentales icónicas que han resultado ser escenificadas, pero no por ello han perdido su significado en el inconsciente de la sociedad. Muchísima gente sabe que la foto del beso de Doisneau no fue espontánea, pero no por ello ha perdido su alcance ni aceptación. Recordemos también la osadía de dos estudiantes de fotografía franceses que al recibir el “Grand Prix du Photoreportage Etudiant” de la revista Paris-Match en el 2009, desvelaron en el atril que su trabajo sobre la precaria vida de los estudiantes era en realidad un proyecto escenificado con sus amigos, y que habían realizado esta pequeña hazaña con la intención de “denunciar los ya saturados códigos que se utilizan en el fotoperiodismo y para demostrar que algo real se puede traducir en algo escenificado”. Por Internet podemos encontrar muchísimas páginas web que (todo hay que decirlo, con más o menos credibilidad) recopilan ejemplos de las más grandes escenificaciones del fotoperiodismo, como puede ser esta, esta o esta. También hay estudios de apariencia más seria como este de la Universidad del Estado de California e incluso pruebas fehacientes de que ya tenemos la escenificación más que asumida, tal y como demuestra esta noticia del China Today en la que describen como algunas parejas chinas prefieren tener fotos escenificadas y manipuladas de su boda, en vez de la típica y clásica foto, si con eso se pueden ahorrar un dinero. 


Una de las fotos escenificadas que Guillaume Chauvin
y Remi Hubert presentaron al concurso de la revista
Paris-Match

Es decir, hemos asumido que no es tan importante que aquello que veamos sea 100% real y haya sido tomado sin ningún tipo de escenificación, ya que lo que consumimos e interiorizamos es aquella imagen que vemos, más allá de su pretendida veracidad o no. No necesitamos que una fotografía esté enlazada inequívocamente a un momento concreto y real; autores como Jeff Wall con su ya mítica frase “empiezo por no fotografiar” dan buen ejemplo de ello. Por lo  tanto, la capacidad de impacto de una fotografía en el público (que sino me equivoco es el principal leitmotiv del fotoperiodismo) ya no residiría en lo veraz de esta misma, sino en la capacidad que tiene el espectador de vincularla a su imaginario visual y cultural e interpretarla como una idea lanzada para revolver sus entrañas. Diría que hemos pasado de darle importancia a la representación de un hecho real de una manera (pretendidamente) veraz, a dársela a esa representación en si, a la fotografía en si. Aceptamos y digerimos una fotografía que reconocemos y entendemos lo que muestra, sin tener en cuenta si es  verídica o no.

Volviendo a los que nos ocupa, hablando ya sobre los autores que forman parte de este nuevo movimiento, me interesan especialmente porque creo que han conseguido ir aún más allá, ya que ni siquiera les interesa la fotografía como representación de una aparente realidad. Ensanchando la vía que ya abrieron otros movimientos de finales de los 80 (como el arte pop, la apropiación etc.), no utilizan la fotografía como una herramienta eterna e inevitablemente unida a la realidad, sino que han conseguido romper (en algunos casos) ese vínculo que todos creíamos indestructible. Han dado el paso definitivo que deja atrás a la realidad representada, para llegar hasta la imagen presentada (sin que esta tenga que guardar ningún vínculo con la realidad). Se trataría por tanto de la práctica más cercana a la fotografía abstracta, desde que algunos de los genios de la fotografía directa (irónicamente) rozaran esos límites, como por ejemplo Paul Strand con sus bowls o el propio Stieglitz con sus equivalencias. Los referentes de estos autores contemporáneos no se quedan simplemente ahí, ya que varios de estos fotógrafos dan continuidad a uno de los más clásicos procedimientos del fotografía, que el maestro Moholy-Nagy llego a describir como la forma de fotografía más pura, el fotograma. Entre ellos destacan el trabajo de Walead Beshty, que además reivindica su trabajo como heredero del propio Moholy-Nagy cuando dice que todo su serie titulada “Pictures Made by My Hand with the Assistance of Light” (muy al estilo de los títulos del que fuera profesor de la Bauhaus), trata de responder a la pregunta de porque nadie hasta entonces había realizado un trabajo fotográfico que versase sobre la condición material de la fotografía (sobre la copia como material, como objeto tangible). Por ello a la hora de realizar esa y otras series, dobla y desdobla papel fotográfico que expone a la diferentes tonos y calidades de luz creando formas abstractas de color que reinventan la idea de la forma y la huella fotográfica.

 
 


Mariah Robertson también sigue ese camino, aunque llevando mucho más al extremo en algunos caso la utilización del material fotográfico, mostrando en algunas de sus exposiciones grandes copias rasgadas, dobladas o estiradas.






Al seguir por este camino, a la hora de analizar el trabajo de Liz Deschenes, es cuando he descubierto cual es uno de los límites a los que llegaría mi interés por la fotografía. Ya he dicho otras veces que yo creo que este es un medio que miente por naturaleza; pero al mismo tiempo, y como todo el mundo sabe, para que haya un mentira, también tiene que haber una verdad. En el caso de la fotografía creo que lo más interesante, inquietante, divertido e irresoluble del medio reside en el hecho de que aunque no le queda más remedio que trabajar a partir de la realidad que le rodea, jamás será capaz de representarla de manera fehaciente. Es por eso que la fotografía es una infinita y preciosa contradicción. Por eso, cuando los autores de este nuevo movimiento se decantan hacía una abstracción absoluta donde no existe ni el indicio de la representación de algo real, o ni siquiera el material fotográfico o el proceso fotográfico es importante, mi interés por ese trabajo desaparece. Supongo que me he formado ese criterio porque sé que desde otros medios artísticos que no parten obligatoriamente de la plasmación de lo real (como la pintura o la escultura), y por lo tanto no tienen la limitaciones con que cuenta la fotografía, ya han transitado por esos caminos con grandísimo éxito.

Volviendo a otros autores que a pesar de realizar imágenes abstractas, sí que siento que mantienen de alguna manera ese nexo (aunque me temo que no todos lo verán como yo), quiero mencionar a Jessica Eaton y su “The series for Albers and LeWitt” compuesta por fotografías disparadas con placas de 4x5 utilizando un conjunto de cubos y suelos grises, blancos y negros. Eaton hace múltiples exposiciones a través de las cuales los tonos de color varían según la película recibe los primarios aditivos del rojo, el verde y el azul. El título deja claras las influencias de Josef Albers y sus estudios del color sustractivo, así como de las prácticas conceptuales de Sol Hewitt, aunque la autora ha admitido que la gran inspiración para este trabajo es nada más y nada menos que Ansel Adams y sus ideas sobre el potencial del sistema de zonas y la manera de visualizar la fotografía.





El estudio de Jessica Eaton
con los cubos 



Jhon Houck también realiza una especie de fotograma, aunque en su caso este sea totalmente digital. Sus imágenes están generadas por medio de softwares que él mismo ha programado que crean patrones de píxeles de múltiples colores ordenados en diferentes filas y columnas. No contento con esto, Houck imprime y dobla esas imágenes, para volver a fotografiarlas y volver a imprimirlas; doblarlas y volver a fotografiarlas, y volver a imprimirlas; doblarlas... Y así hasta que queda lo suficientemente satisfecho con el resultado, en el que esos patrones de píxeles son atravesados por pliegues a veces presentados y otras representados, creando una confusión e ilusión entre lo físico y lo figurado.






Siguiendo con autores que realizan trabajos manuales que después refotografían (un proceso ya explorado por autores como Gilbert Garcin, Thomas Demand o James Casabere por nombrar a tres autores con diferencias entre ellos) decir que existen unos cuantos fotógrafos que aunque siguiendo la estela del collage clásico, han decidido no mostrar directamente esos trozos de papel recortados y pegados. Después de hacerlos y preparar pequeños bodegones con esos collages los refotografían, mostrando imágenes que no esconden su proceso de creación y contraponen los dos dimensiones de la fotografía con las tres de la escultura y el collage. Daniel Gordon y la pareja Maurice Scheltens & Liebeth Abbenes son muy buenos ejemplos de esas prácticas.




Daniel Gordon
Daniel Gordon













Maurice Scheltens & Liebeth Abbenes
Maurice Scheltens & Liebeth Abbenes



Michele Abeles da continuidad a la estética del collage a pesar de que a la hora de realizar sus fotografías (las incluidas en el proyecto Re:Re:Re:Re:Re) no emplea ni tijeras ni pegamento. A partir de fotografías de estudio, en las que destaca el uso del cuerpo masculino desnudo y generalmente sin rostro (como si de cualquier otra pieza del mobiliario se tratara), añade gelatinas, textos, colores y todo tipo de composiciones que crean la ilusión de estar contemplando una imagen construida en un ordenador, cuando justamente se trata de todo lo contrario.







El que no tiene ningún remordimiento ni miramiento a la hora de utilizar la tergiversación y el retoque digital es Lucas Blalock, uno de los fotógrafos que más me interesan de todo este grupo. Mi debilidad por este artista y por otros que vienen a continuación radica en la utilización estética que hacen del error digital. Si damos unos cuantos saltos atrás en la historia veremos que cada época ha desarrollado un criterio estético acorde con su tiempo. Los pictorialistas aborrecían el foco nítido, ya que argumentaban que de esa manera la fotografía se acercaba demasiado a la realidad alejándose peligrosamente del objetivo que ellos perseguían, el acercamiento de la fotografía a la pintura. Los que formaron parte de la fotografía directa mas recalcitrante, defendieron todo lo contrario, ya que creían que el foco era una característica inherente de la fotografía y por lo tanto debía ser utilizado en su máxima expresión. Y lo mismo a pasado con otras técnicas y recursos estéticos de la fotografía como pueden ser el grano, el color, el flash, la luz de tungsteno etc. Los autores que vienen a continuación han dado un paso adelante y están utilizando para realizar sus fotografías lo que la gran mayoría (por ahora) asumimos como un error digital. Clonados imperfectos, capas superpuestas evidentes, repeticiones aleatorias, dominantes de color etc. son herramientas que todos conocemos y utilizamos intentando esconder su uso, mientras que estos autores las reivindican y utilizan a su favor. Volviendo a Blalock, decir que generalmente parte de bodegones fotografiados en gran formato que más adelante retoca, aunque en ocasiones ni siquiera lo necesita, ya que a pesar presentar la fotografía tal y como se hizo, es capaz de eliminar el vínculo que ata aquello que vemos, con lo que realmente es.







Sam Falls también sigue ese camino aunque en su caso no solo interviene las imágenes digitalmente, sino que en muchas de sus piezas también utiliza materiales pictóricos. Se trata de otro gran ejemplo de estos autores que tras un tiempo trabajando con la fotografía en su formato más habitual, han conseguido ensanchar esos límites y ser aceptados por algunos sectores del mundo de la fotografía contemporánea.





Aunque ya he hablado de él y de su trabajo “The Ramdom Series” anteriormente, creo que no está demás subrayar que Miguel Ángel Tornero también ha dado ese paso en España. Hay que destacar que el error fotográfico en su caso sería una versión digital de los que los anglosajones llaman la “broken camera”, que se traduciría como un fallo aleatorio que, utilizado de una manera consciente, puede dar resultados muy atractivos. El trabajo de Tornero se acerca también a otros autores que he citado anteriormente que han actualizado la práctica del collage.










Siguiendo con esa lucha de la fotografía por salir de su encuadre y llegar a conquistar la tercera dimensión, propongo a cuatro autores que investigan ese camino. LethaWilson es un muy buen ejemplo. Me interesan sus fotografías, sus foto-escultura, sus trabajo con papel y sus instalaciones donde casi siempre consigue romper con el límite que impone el marco y el formato físico de la fotografía y no tiene reparos en introducir todo tipo de objetos y elementos en la imagen. Se trata de una artista muy prolífica, tanto que a veces llega a afectar en la calidad media de sus trabajos, ya que en mi opinión, hay ciertas piezas que destacan abrumadoramente sobre las demás.







Aunque nació en Madrid, Isidro Blasco reside en Nueva York donde ha desarrollado gran parte de su trabajo, en el que destacan sus foto-construcciones. En su caso rompe los límites del marco fotográfico abarcando y creando con ello espacios tanto exteriores como interiores que a veces recuerdan a la escenografía del cine expresionista alemán. Películas donde ninguna pared estaba recta, donde aunque parecía que todo estaba apunto de desmoronarse, en realidad todo estaba exactamente donde tenía que estar. La influencia de sus estudios de arquitectura y esa desinhibida utilización de la fotografía le han llevado a desarrollar algunos de los trabajos más interesantes en cuanto a la utilización de la fotografía con el espacio expositivo se refiere, tuve la suerte de poder ver una exposición en solitario de su trabajo en la Sala Alcalá 31 de Madrid en el 2010.






Hay mucho más  autores que emplean la fotografía a caballo entre la instalación y la escultura, y aunque ninguno de los dos me emociona, quiero al menos nombrar a Mathew Stone y a Anouk Kruithof (a destacar también su trabajo con libros de fotografía) que desarrollan otros estilos y prácticas en las que la fotografía consigue de alguna manera también romper los límites que se había autoimpuesto en relación a la copia fotográfica y a la manera de exponerla.



Anouk Kruithof
Mathew Stone


Y para acabar también quería apuntar el nombre de Fleur van Dodewaard y su “Sun Set Series” ya que partiendo del cliché icónico de la puesta de sol que todos tenemos interiorizado, crea estructuras y composiciones que se acercan a las abstracción sin utilizar ningún tipo de retoque digital. En su caso destaca el uso de espejos que utiliza para hablar y mostrar la ilusión que es capaz de crear la fotografía tanto de manera formal como conceptual.






















Como resumen y reflexión final decir que por falta de espacio he dejado a unos cuantos autores como podrían ser Mathew Porter, Thalia Chetrit, Robert Canali o Dillon DeWaters entre otros fuera de este texto. Todos estos fotógrafos están recibiendo un gran reconocimiento por parte de diferentes instituciones, galerías, críticos y publicaciones: varios de ellos han aparecido en diferentes números de Talent de Foam, tres de ellos han recibido el Infinity Award 2012 del ICP, otros han expuesto en el PS1 (la sucursal más contemporánea del MOMA), en Photographers Gallery en Londres, hay quién ha participado en alguna edición de “New Photography” del MOMA, otros han sido objeto de largos y extensos artículos en revistas especializadas como Artforum y así un largo etcétera. Creo que esa gran repercusión (como siempre, fuera de nuestras fronteras) se entiende si tenemos en cuenta que estos son los fotógrafos que buscan expandir los límites de la fotografía tal y como la conocemos hoy en día. Con este texto he intentado explicar que entre ellos hay quienes proponen integrar y aceptar dentro de la fotografía aquello que hoy consideramos un error digital, están los que quieren añadir una tercera dimensión y convertirla en objeto y/o espacio, mientras que otros consiguen separar de una manera u otra lo representado de su representación, rozando el límite donde la fotografía se convierte en forma. La idea de que la fotografía está sumida en una crisis de identidad la tenemos todos asumida, tanto que ya aparecen estos primeros autores que reaccionan proponiendo nuevas vías por las que este medio puede seguir desarrollándose. A pesar de que los referentes de los fotógrafos que he citado en este post son claros:  he hablado de Laszlo Moholy-Nagy, también he mencionado al collage (donde no puedo evitar nombrar a mi preferida Hanna Höch), también veo la influencia de Jan Groover (gran y olvidada fotógrafa sobre la que espero tener tiempo para investigar y escribir algún día), la utilización de objetos de Stephen Gill o los trabajos con espejos de Kasten Barbara... Decía, que a pesar de que existen referentes claros para la gran mayoría de estos autores, creo que la clave está en conseguir descifrar qué es lo que les empuja a desvincular a la fotografía de su cualidad más preciada, su relación innegable con el mundo real. ¿O es que quizás hemos asumido esa brecha y no nos hemos dado cuenta de que ya vivimos en un mundo en el que no sabemos que representación fotográfica es real y cual no, y además nos da igual? ¿Puede ser que la saturación que está sufriendo la fotografía como herramienta de representación de la vida social, este empujando a aquellos que la quieren utilizar como medio de expresión a desligarla de esos usos que la gran masa desarrolla?¿Será por eso que estos nuevos fotógrafos buscan romper tabúes y clichés huyendo lo más lejos posible de esos usos que vemos repetidos una y otra vez a lo largo, ancho y plano de nuestras pantallas? 

Yo por mi parte siempre me alegraré cuando alguien consigue traspasar y reformular los límites y las fronteras de cualquier práctica o idea. Más aún en el caso de la fotografía, a la que, y creo que en esto todos estaremos de acuerdo, mucha falta le hace.