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El Fotolibro: Aquí y Ahora

Este texto nace del encargo de la Fundación Foto Colectania para la exposición "El Fotolibro: Aquí y Ahora" que se puede visitar hasta el 30 de julio del 2014 y que cuenta con trabajos en forma tanto de libro de fotografía como en pared de Ricardo Cases, Cristina De Middel, Óscar Monzón, Aleix Plademunt, Simona Rota, Txema Salvans, Carlos Spottorno y Antonio M. Xoubanova. La muestra también incluye libros de fotografía de Jon Cazenave, Israel Ariño, Alberto Feijóo, Miguel Ángel Tornero, Paco Gómez, Ignasi López, Roger Guaus, Julián Barón, Eloi Gimeno, Federico Clavarino, Maíra Soares, Juan Diego Valera y Gustavo Alemán.


La inmejorable salud de la que goza el fotolibro se nutre de la excitación contagiosa de los que transitan el escenario de la fotografía contemporánea, y se certifica con la creciente aparición de festivales, publicaciones, exposiciones, coleccionistas, premios, ferias y cursos especializados.


Los diferentes procesos de autoedición se han simplificado y abaratado. Las mejoras en los acabados de la impresión digital, la aparición de la venta bajo demanda o la difusión y venta online sin intermediarios han disparado el número de publicaciones autoeditadas, ya sea en forma de maqueta o de libro hecho y derecho. Al mismo tiempo, en los últimos años se han publicado minuciosas revisiones de la historia de la fotografía desde el prisma del fotolibro, como los tres volúmenes de The Photobook: A History de Gerry Badger y Martin Parr, que sin duda han ayudado a revalorizarlo, además de ofrecer un nuevo relato historiográfico del medio. Esta reinterpretación del pasado, que  ha coincidido con la gran revolución tecnológica que han supuesto Internet y las redes sociales, ha provocado la necesidad de crear objetos tangibles que se distingan de la masiva fotografía intangible que cualquiera puede realizar.  Por otra parte, es ya habitual que fotógrafos, editores, estudiantes, coleccionistas, expertos y curiosos de todo el mundo se encuentren e intercambien información sin barreras en las redes sociales. La aparición de Photobook Clubs interconectados que comparten e incentivan el fotolibro de manera desinteresada en diferentes países alrededor del planeta ejemplifican a la perfección esta comunidad en auge.

 © Lea Tyrallová

La coincidencia de todos estos factores ha facilitado que la gran mayoría de las tendencias contemporáneas de la fotografía hayan dejado atrás los originales de gran tamaño propios del postmodernismo, para abrazar esta herramienta que, por otra parte, ha acompañado en mayor o menor medida al medio a lo largo de toda su historia. Pocos años después de la presentación del daguerrotipo aparecieron las primeras publicaciones que contenían fotografías, a las que quizás convendría etiquetar como álbumes,  ya que el fotolibro no se empezó a desarrollar, tal y como hoy lo entendemos, hasta las vanguardias históricas. Es entonces cuando gracias a los avances técnicos que al mismo tiempo facilitaron la aparición de las revista ilustradas, se presentan los primeros fotolibros en los que los materiales y la concepción del libro se complementan e interactúan con las fotografías, formando una sola entidad compacta y armónica. No hablamos aquí ni de catálogos, ni de libros que simplemente buscan ser un porfolio. Ese mundo propio y único que forman las imágenes impresas acompañadas de un diseño ad-hoc, encuadernadas y presentadas en el formato que el mensaje que se quiere lanzar requiere, son los que definen al fotolibro. Una manera de crear y entender el formato que ha tenido sus más y su menos a lo largo de la historia de la fotografía, pero que nunca ha dejado de estar presente en el ámbito internacional.

© Lea Tyrallová

En España en cambio, a causa de la guerra civil española, de la posterior censura y del pobre apoyo institucional que ha recibido la fotografía desde entonces, el acceso y la producción de fotolibros ha tenido mucho que envidiar a otros países como Holanda o Japón, donde existe una fuerte y reconocible tradición. En España se han publicado fotolibros de gran valor e importancia, la colección Palabra e Imagen publicada por Lumen en los años sesenta sería un buen ejemplo. Aunque hay que subrayar que son libros que han aparecido de manera aislada en el tiempo y el territorio, y en muy raras ocasionas han conseguido cruzar fronteras.

Afortunadamente una nueva generación de fotógrafos ha dado un gran paso adelante alcanzando con sus fotolibros los más altos reconocimientos, con múltiples premios y apariciones en listas y publicaciones internacionales como la revista especializada The Photobook Review que publica la fundación Aperture de Nueva York. Son autores que han aprovechado la posibilidad de recibir una educación especifica de fotografía, viajar al extranjero y aprender idiomas.  Aquellos, a los que la irrupción de la tecnología digital e Internet, sumada a la crisis económica, les han hundido la mayoría de los modelos de negocio de la fotografía aplicada y el fotoperiodismo que conocían. Fotógrafos y demás agentes del medio que a pesar del poco esperanzador paisaje que ofrece la fotografía hoy, o quizás en parte gracias a él,  siguen creyendo en ella y aún siendo conscientes de la imposibilidad de sacarle un rédito económico directo, se han lanzado a experimentar y a difundir su trabajo a través del fotolibro.

© Lea Tyrallová

Con la misma naturalidad con la que se relacionan y otorgan su justa importancia en la escena española a fotógrafos extranjeros erradicados en el país, también han sabido entender y aprovechar que a diferencia de la exposición, el fotolibro cruza fronteras y perdura en el tiempo. A falta de que las casas editoriales estatales les prestasen atención y les ofreciesen oportunidades, se han atrevido a crear editoriales independientes donde editan, autoeditan y/o co-editan exitosos fotolibros que demuestran lo anquilosado del modelo editorial que a grandes rasgos aún hoy sigue sin darse por aludido. La falta de peso de una tradición editorial de fotografía a seguir, ha facilitado un nuevo espacio en el que experimentar con libertad absoluta creando una nueva identidad en total consonancia con otros movimientos de la fotografía global. La apropiación de referencias editoriales ajenas a la fotografía, el acercamiento hacia el libro de artista dejando atrás el anglosajón coffe-table book o la complicidad con diseñadores editoriales con los que colaborar desde fases muy iniciales de los proyectos son algunos ejemplos de ello.

© Lea Tyrallová

Una vez abierto el camino habiendo conseguido por fin subirnos al tren internacional de la fotografía contemporánea, aún quedan unas cuantas y muy importantes tareas a realizar. Empezando por conseguir asentar este movimiento más allá de este revulsivo instante histórico, dándole continuidad a través de las próximas generaciones de fotógrafos que ya están tocando la puerta, y consiguiendo así levantar lo más parecido posible a una industria de la fotografía, ya sea en el ámbito artístico, periodístico o comercial. Una necesidad vital para el medio a día de hoy que debería aprovechar la brecha que el fotolibro español ha abierto a nivel internacional, para incentivar y reivindicar el interés y conocimiento sobre fotografía en toda la sociedad.

Cuando hacer fotos ya no es suficiente

Vale, todo el mundo está ya de acuerdo con que la fotografía está viviendo un hito histórico sin parangón. El otro día leí que se suben mas de 300 millones de fotos al día a Facebook y no me sorprendió. Ese tsunami visual ha sido provocado por el uso masivo e ilimitado de la fotografía por parte de todo hijo de vecino pero...y esto qué supone para los que usamos la fotografía para lanzar preguntas retóricas y proponer estéticas (habitualmente etiquetados bajo “fotografía artística”) y para los que la utilizan para destapar y/o señalar situaciones concretas (habitualmente etiquetados bajo “fotografía documental”)?

Ya hemos pasado el susto inicial y empezamos a estar familiarizados con todos esos proyectos que hablan sobre como el flujo imparable de imágenes es ahora la norma y no la excepción. La tantas veces repetida y cacareada revolución ha provocado un efecto dominó cuya última pieza somos los fotógrafos, que de repente vemos como el espacio que ocupábamos en ese circuito de creación y consumo de imágenes se ha desvanecido y, como es normal, sufrimos de vértigo. Pero si conseguimos tragar saliva y dar un paso adelante aunque sea a ciegas, tengo la certeza de que en realidad encontraremos un suelo, quizás no firme, pero sí virgen, donde pisar.

Pero para ello primero tenemos que aceptar la realidad. Vale ya de lamentarse y negar la evidencia. Hay que aceptar que ideas como la de la fotografía como testigo ya no está exclusivamente en manos de fotógrafos. Por una simple cuestión de probabilidad el fotógrafo profesional casi siempre llegará más tarde a sacar la foto que alguien que pasaba por allí. La foto-testimonio está cada vez más en mano de todo el mundo, cosa de la que creo que el periodismo debería alegrarse, porque aquello que merece ser contado estará documentado a pesar de que el periodista no haya podido llegar. De esa manera además se libera de un trabajo, creo yo, poco periodístico, ya que entiendo que los periodistas deberían ir detrás de la causalidad y no tanto de la casualidad. Es decir, que yo cambio a un solo periodista que haya buscado una noticia, por 100 que se la hayan encontrado. Se suele argumentar que el problema es lo poco fiable de esas imágenes que “a saber tú de donde vienen”, pero la verdad es que si nos ponemos a analizar rigurosamente cuestiones de veracidad en el fotoperiodismo, la gran y aplastante mayoría de fotografías manipuladas que se han publicado en medios de comunicación estaban firmadas por “profesionales”... Así que antes de acusarnos a los demás, recomendaría a los defensores de la pureza fotoperiodística se mirasen al espejo tal y como, todo hay que decirlo, ya han hecho algunos.

Captura de pantalla de una "¿fotografía?" publicada
en la web del diario ABC la semana pasada

Justamente ese autoanálisis crítico que le pido al fotoperiodismo, es el que tenemos que hacer extensivo a todos los que de alguna manera u otra vivimos de la fotografía. Igual que la foto-testimonio ya no será nunca más una práctica exclusiva de los profesionales, hay otras muchas prácticas en las que nos estamos viendo desplazados. La ventaja que teníamos a base de acarrear cámaras, carretes, tarjetas y objetivos por todas partes se fue y ya no volverá. Es hora de asumirlo, aceptarlo y aprovecharlo.

Entiendo que “aprovecharlo” es lo que ahora mismo se antoja complicado, pero tal y como ya ha sucedido en otras ocasiones en el pasado, ahí están la prácticas más arriesgadas para descrifrar como conseguirlo. Aquellas que parten de representaciones personales y que a pesar de que al principio suelen ser denostadas por incomprendidas, al cabo de un tiempo acaban siendo digeridas y regurgitadas como propias por la mayoría. Y aunque aquí corro el peligro de verme atrapado por mis palabras en el futuro, me atrevo a apuntar algunas ideas que nos ayudarán a avanzar.

Antes de proponer algunos ejemplos concretos quiero subrayar dos factores que creo que van a ser determinantes para conseguir superar la situación actual: por un lado un conocimiento profundo de la fotografía a nivel histórico, teórico, técnico y formal, y por otro la capacidad de desarrollar un discurso propio y de alguna manera identificable. Ahora que ya no basta con estar en el lugar y en el momento adecuado, que no somos los únicos que nos vamos de viaje y sacamos fotos y que no hace falta tener una cámara cara ni saber como utilizarla para hacer una foto (ya sea esta buena o mala), es justamente cuando los que nos autodenominamos fotógrafos tenemos que profundizar mucho más en aquello que reivindicamos y que nos debería diferenciar. Tenemos que saber situar una imagen en su contexto histórico y teórico, y ser capaces de diseccionarla en cuanto a su contenido formal y técnico para poder así dar un paso más allá de la mera repetición concatenada de lo que ya todo el mundo ha visto. Ya no basta con seguir repitiendo patrones, todo el mundo sabe que hay ciertos trucos que funcionan, hace tiempo que la mayoría de la gente tiene ensayada su mejor pose para ser retratados tal y como ellos quieren ser vistos en nuestras fotos. Nosotros tenemos que ser capaces de darle la vuelta a todos esos patrones y formatos ya asumidos. Y la única manera para hacerlo vendrá dada por el conocimiento adquirido a través de años de, no solo trabajo práctico y reiterativo, sino también de un cuestionamiento mucho más profundo y reflexionado del medio.

Este conocimiento además nos allanará el camino para poder desarrollar una personalidad fotográfica propia con la que poder identificarnos. Estoy convencido de que todos tenemos unos intereses intrínsecos que vienen derivados de nuestro bagaje cultural en función de donde y cuando hemos nacido y vivido. Lo único que tenemos que hacer es sacarlos a relucir en nuestras fotos. Y a pesar que de que los temas sobre los que ha versado la fotografía en cada época están innegablemente ligados a su tiempo (para algo la fotografía es la única que tiene esa relación esquizofrénica con la realidad), las miradas diferenciadas de determinados autores han sido y serán, hoy más que nunca, las que perdurarán sobre esas más de 300 millones de fotos al día de Facebook.

© Sohei Nishino, Diorama Map Tokio


Volviendo a los ejemplos de propuestas que van un poco más allá, creo que es más interesante fijarse en procesos de trabajo e ideas que simplemente en nombres, ya que yo soy de lo los que no creen en autores malditos o artistas únicos avanzados a su tiempo. Hoy más que nunca el arte y la fotografía camina de manera homogénea y todos aprendemos y estamos en deuda con todos.

Es por eso que no me sorprende que en menos de dos años vayan a publicarse con previsible éxito (o al menos repercusión) varios libros de fotografía que atacan desde diferentes ángulos a publicaciones decimonónicas de la religión, la política (leer al final de la entrevista a Cristina de Middel) o la propia historia de la fotografía. Nada mejor para renovarse que matar al padre, y teniendo en cuenta que vivimos el mayor boom de libros de fotografía de la historia, la verdad me sorprende que no nos diésemos cuenta antes que se darían este tipo de estrategias.

Por otro lado, si algo nos ha traído la era digital son las pantallas, y con ello las representaciones gráficas e intangibles de textos e imágenes. Al mismo tiempo, y en un tiempo record, esta nueva realidad no palpable ha causado un efecto rebote en el que otras tecnologías como las impresoras 3D cobran todo el sentido al hacer físicas todas esas formas bidimensionales. Del mismo modo que se defendió el vinilo en la música, en la fotografía no solo se ha defendido la película, sino que ha descubierto toda una vertiente matérica (uno y dos ejemplos) y escultórica (ver The Camera Collection) que no ha hecho más que empezar a desarrollarse. La escultura bidimensional y la fotografía tridimensional llevaban algún tiempo tanteandose, pero nunca habían estado tan cerca.

Hace poco vi un documental en el que los protagonistas, geeks reconocidos y orgullosos reivindican todo lo que sucede en Internet como real, como parte de su vida real. Tanto es así que cuando en un juicio les preguntan cuando se conocieron “IRL” (in real life/en la vida real), dicen renegar de ese acrónimo y abogar por “AFK” (away from keyboard/lejos del teclado), ya que entienden que lo que sucede en Internet es tan real como lo que sucede fuera. Ese es un cambio de mentalidad que también está ya llegando a la fotografía y aunque de manera tímida, empiezan a encontrarse trabajos que hablan de esa realidad intangible.

En la fotografía documental, también se están dando pasos impensables hasta hace muy poco. Se han roto fronteras relativas a la esencia propia del movimiento, ya que se plantean proyectos en los que el documento fotográfico se genera antes de que sucedan los hechos que se quieren denunciar y representar. Al mismo tiempo, el incensurable e imparable aluvión de imágenes de gran crudeza que pueblan Internet se utilizan como fuente de creación para autores que denuncian guerras y conflictos lejanos al mismo tiempo que se cuestionan el uso y circulación de la imagen hoy en día.

Estos son solo algunos ejemplos de algunas de las nuevas vías que se están abriendo entre las grietas de aquello que conocíamos como “fotografía” hasta hace poco. Aunque puedan parecer muy dispares, creo que hay un componente que une irremediablemente a todas. La experimentación. Si estamos hablando de matar a los padres, de dar pasos hacia lo desconocido y de cambios de mentalidad, sacudirse el polvo de lo anterior y ponerse cascos y coderas para tantear y jugar con lo que vendrá es condición sine qua non para avanzar. Dejemos las purezas, los dogmas y lo correcto de lado y permitámonos probar, errar y acertar.

Solo quiero acabar con una frase que aunque parece sacada de una película hollywoodiense, quizás sirve como reflexión final: si el fotógrafo es aquel que saca fotos, todo el mundo es hoy fotógrafo. Si el fotógrafo es aquel que ha estudiado y reflexionado sobre su herramienta a fondo tanto como para ponerla en duda y además ha sabido experimentar con ella para plasmar sus inquietudes personales, solo unos pocos seguiremos siendo fotógrafos.

Para este taller (este es un texto de introducción/provocación para el taller "Hola Fotografía" que empiezo a impartir esta misma tarde en Meeatings23) os animo a que trabajemos sobre alguno de los caminos que acabo de apuntar más arriba u otros que os sugeriré. O mejor aún, que lo hagáis sobre los que a vosotros mismos os interesen y propongáis. Es por eso que, aunque sé que no os he dado mucho tiempo para pensarlo, me gustaría que para la primera clase vengáis con alguna idea por muy vaga que sea, respecto qué vías os gustaría debatir y experimentar (ejemplos de trabajos propios y ajenos, y críticas de todo tipo a este texto serán muy bienvenidos).

Woody Allen posa para Playboy bajo la leyenda:
"Llevo cinco minutos en la profesión ya estoy
tomando decisiones improvisadas"

¿Y TU POR QUÉ NO HAS HECHO UN LIBRO?

¿Y tu por qué no has hecho un libro? Han sido varios los que últimamente me han hecho esa pregunta, como diciendo que ya que es tan barato y fácil y mola tanto...por qué haces exposiciones? La respuesta es bien sencilla: porque todavía no tengo ningún trabajo con el que creo que merezca la pena hacer un libro. 

Que quede claro, me encantan los libros, me apasionan. Pero ningún libro me ha dado lo que he podido sentir en unos cuantos espacios dedicados a la fotografía o al arte en general. Estoy seguro de que ningún libro podrá nunca ofrecerme lo que viví cuando visité por primera vez mi museo favorito, el museo Dia Beacon (EEUU). Ningún libro conseguirá anclarse en mi memoria como la exposición sobre Dreyer y Hammershøi que pude disfrutar hace ya unos años en el CCCB de Barcelona. Y ni siquiera el mítico libro “Egglestone’s Guide” podrá compararse a lo que significó para mi poder ver sus copias por primera vez en el Whitney Museum de Nueva York. O por decir alguna más reciente, creo que es imposible valorar el trabajo de fotógrafos como Lewis Baltz o Robert Adams sin haber visto sus impecables copias en blanco y negro que hasta hace poco  se podían admirar en la indispensable exposición New Topographics en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Y así podría seguir un buen rato. Tanto el libro como la pared (o cualquier otro formato) tienen sus ventajas y defectos, sus leyes, códigos y pautas que hacen que funcione dependiendo también en los gustos y preferencias de cada espectador.

La entrada al museo al museo Dia:Beacon
Riggio Galleries, 2003. Photo: © Richard Barnes.

El gran boom de libros de fotografía en el que vivimos parece estar alcanzando sus cotas más altas. La excesiva abundancia de listas al mejor libro de fotografía del 2011 (de la que admito sin rubor mi parte de culpa como instigador de una de ellas) y el hastío que han generado en algunos lo demuestra. No son pocos los que se preguntan si todo esto realmente supone un cambio a mejor, o si simplemente es una muestra más de los vertiginosos y efímeros hábitos de consumo de la sociedad global contemporánea. ¿Es una moda de la que nos olvidaremos en poco tiempo, o los libros de fotografía están aquí para quedarse? Los que me habéis leído antes (¡gracias!) sabéis que es justamente el tipo de preguntas que intento responder aquí.

En otro post ya intenté descifrar alguna de las razones que explican porque ahora todo el mundo quiere publicar un libro de fotografía. Resumiendo creo que la suma de varios factores, que he intentado colocar en orden jerárquico, nos han traído hasta aquí:

1 El abaratamiento de los costes de producción, distribución y difusión. 

2 La simplificación técnica y perfeccionamiento de los acabados que siguen avanzando desde que Ed Ruscha ya diese buena cuenta de ello en los 60.

3 El efecto “rebote” que ha causado la irrupción de Internet y los formatos digitales, en cuanto a la necesidad de generar y poseer objetos tangibles frente a todo aquello que está en la nube.

4 La aparición de “The Photobook: A History”, el primer gran estudio serio, pormenorizado y accesible a todo el mundo sobre la historia de las publicaciones fotográficas de la mano de Gerry Badger y Martin Parr.

5 La aparición de una nueva tendencia de fotografía narrativa (como decía en esta entrada, en respuesta a movimientos anteriores) y que esa tendencia esté encabezada justamente por más de una “celebrity” fotográfica, como por ejemplo son los casos de Alec Soth, Mark Steinmetz John Gossage (lo corrijo porque un amigo me ha convencido de que Gossage es mucho mejor ejemplo que Steinmetz) o el propio Martin Parr.

6 La excitación que la coincidencia en el tiempo de todos los motivos anteriores han provocado en el mundo fotográfico, que además es capaz de comunicarse directa y globalmente por primera vez en la historia.


Aunque seguramente me estaré olvidando alguna razón más que explique la eclosión del libro, tengo que resaltar que hay otras que he obviado intencionadamente. Como por ejemplo el hecho de que muchos fotógrafos estén utilizando el libro como portfolio. No lo incluyo porque sencillamente un portfolio para mi no es “un libro de fotografía”. Y si todavía alguien se está preguntando de qué estoy hablando, tal y como dicen los cuatro mandamientos de Gossage, decir que un buen libro de fotografía “primero tiene contener un buen trabajo fotográfico, segundo ese trabajo tiene que crear un mundo propio junto a el libro, tercero debe contar con un diseño que complemente aquello de lo que se está tratando y cuarto, debe hablar de un tema que genere un interés que perdure”. Un portfolio puede, pero no suele cumplir dichos requisitos, así que no cuenta como a lo que en este texto voy a llamar libro de fotografía. De hecho, creo (y casi espero) que los portfolios están destinados a pasarse al formato digital para poder ser vistos en pantallas, para poder contar con una mayor itinerancia y difusión y para poder abaratar al máximo los costes de producción. Aunque yo también soy de los que prefiere mostrarlo todo impreso y creo que nunca cambiaré la oportunidad de poder mostrar una copia a cambio de una pantalla, también creo que no tiene sentido imprimir y encuadernar un portfolio, ya que si lo que buscamos es añadirle un punto extra por el hecho de ponerlo entre unas cubiertas, nos confundimos totalmente. Imprimir y encuadernar unas cuantas fotos no aporta nada. Crear un libro de fotografía teniendo la edición, selección y secuenciación de unas fotos que funcionen en formato editorial, pensando en el diseño, en el formato del libro etc. y haciendo que todo ello vaya en una misma y sola dirección es lo que cuenta, es lo que lo que define al libro de fotografía. No pretendamos que basta con encuadernar una selección de nuestras mejores fotos, imprimirlas en un papel bonito y encuadernarlas entre tapas duras de tela, porque no es así. Con eso lo único que conseguimos es maquillar nuestras fotos y empobrecer el mundo de los libros.


A pesar de que el último párrafo me permite quitar todas esas publicaciones de difusión, la pila sigue siendo inmensa. Otra sección a eliminar, o al menos a poner en cuarentena, es la de las reediciones. A pesar de que ahora se publiquen más que antes, no las podemos considerar creaciones contemporáneas. A veces estas reimpresiones se hacen con éxito y aún cambiando el diseño o incluso algunas fotos de la primera edición, el libro cobra vida de nuevo (por eso estaría dispuesto a dejar pasar alguna excepción como libro actual). Otras veces se producen verdaderos descalabros que incluso acaban desprestigiando el trabajo original. En ambos casos, la reediciones son oportunidades de negocio para las editoriales que además permiten al consumidor de libros tener acceso a libros de descatalogados, así que todos contentos; pero sigo creiendo que la gran mayoría no son nuevos libros de fotografía, por lo que también los elimino del montón.

Instalación del trabajo Biografías de Alicia Martin

Aún así el número de libros publicados sigue siendo inabarcable. Incluso si nos pusiéramos muy intransigentes en cuanto a los requisitos que una buena publicación tiene que cumplir, seguiríamos contando con muchísimas. Más de las que podemos asumir, más de las que el micromundo global del libro de fotografía puede asumir. Es decir, sí, estamos viviendo una moda. ¿Es eso malo? Yo creo que no, creo que es una oportunidad. Creo que es una oportunidad que desde las editoriales, museos, instituciones, fundaciones, escuelas, asociaciones y fotógrafos amantes de los libros en especial tenemos que aprovechar para que cuando baje la marea un buen sedimento de cultura y conocimientos dejen una tierra fértil para las próximas generaciones.

Durante mi formación tuve la suerte de poder estudiar fotografía en diferentes escuelas de diferentes ciudades e incluso países, visité exposiciones, asistí a conferencias, talleres y clases magistrales... pero a pesar de todo casi nadie me explicó las oportunidades que el libro ofrece tanto al fotógrafo como al espectador, ni me contaron la importancia que ha tenido y tendrá en cuanto a la evolución de la fotografía se refiere. Como todos los de nuestra generación, lo hemos y estamos aprendiendo sobre la marcha. Por eso creo que deberíamos intentar asentar todos estos nuevos conocimientos, para que los que vienen inmediatamente detrás tengan ya esos recursos adquiridos y puedan establecer una cultura del libro que vaya más allá de una simple moda.